
El lunes fue un día de finales. Y no me gustan los finales, sobre todo si son amargos. Pero tampoco me gustan las segundas partes, sobre todo si se llegan a plantear el poder filmar una tercera.
No me gustan los finales cuando no son sinceros, no me gustan los cobardes, no me gustan los niñatos, ni tampoco las niñatas, no me gusta que me defrauden y no me gusta sentirme defraudada, sobre todo cuando no se trata de algo madurado, de algo consensuado, y sobre todo de algo sentido, porque señores, he llegado a la conclusión de que los sentimientos sí que importan, y mucho.
No me gusta sentirme culpable, pero querido público ya no me sentiré jamás, porque la suela de mis zapatos brilla más que el aceite dorado al lado de tu puñal. Eres un impresentable, y lo sabes, eres un sin vergüenza y también lo sabes, y lo que más me jode es que una vez más, una de tantas, una de mil, una de cien mil, una de un millón, la chulería engalardonada de una simple fachada asustada tras cualquier piedra se arrastre por los suelos pisoteada al no ser capaz de enfrentarse, de no enfrentarse a nada, como ayer, como mañana, como siempre.
Le pegaré una patada a esa piedra para que rebote en tus putos remordimientos que quizás se peleen dando vueltas en tu cabeza fingiendo lo que nunca podrás dejar de fingir, el perdón que sabes que me debes, el perdón imperdonable, imborrable, irremediable, el perdón que quizás nunca llegues a pedirme y sabes que te digo, que ahora me alegro.
El lunes amargo tuvo un final dulce, el más dulce que podía desear, el dulce que me ha hecho vaciarte el azucarero por encima, rompértelo, tirártelo a la cara y regalártelo para siempre, porque yo el tuyo, ya no lo necesito. Tu azúcar solo fue para mi glucosa.


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