
Caminemos. 9500 kilómetros. Siempre y cuando me regales una última sonrisa. No me gustan las despedidas. Las detesto. Les escupo, resbalo en el barro y hasta me chapuceo cayéndome de culo. Hoy día no será la despedida.
Caminemos. No, no vale estar triste. La línea 5 del metro de Madrid empuja a la multitud que reposa sus manos en el más ínfimo espacio. El cubículo naranja y blanco se divide en tres partes, tres partes con tres monitores, tres monitores con tres espacios, tres espacios con tres teclados, tres teclados multiplicados por dos manos, dos manos elevadas al cuadro por tres sonrisas. Tres sonrisas con nombre y apellidos. Tres sonrisas que fuman aires de felicidad mascados con chicles que compartimos de boca en boca.
Intercambiamos, sentimos, respiramos, miramos, comunicamos. El arte de comunicar decía McLuhan. Sentado en la butaca de al lado y rodeado de estrepitosas caras asustadas sin entender como una chica 16 años juega con el aborto tal si fuese a las muñecas. ¡Cómo cambiaron los tiempos! Dirán ellos y nosotros nos miramos, y nos reímos.
Nos pasamos los números de folio a folio tal el estadista a su aprendiz, que desdichada a su suerte no supera la frontera. Cosas de números.
Esperamos en fila india soltando culebras contra El Corte Inglés para pedir el sobre que viaje del centro a la punta oeste de la península con una hoja que ni siquiera se meterá en la urna del destino final, el fracaso.
Esto habla, esto tiene música, juguetes, osos de peluche, winni de poo y la psp de papá. Convirtámonos en los Rolling Stones por sólo 7 euros.
Te regalo un chicle. Te regalo una sonrisa. Buscamos un batido de chocolate y lo tomamos en El Jardín Secreto. Tan secreto que decidimos no volver jamás.
Nos probamos gorras, nos calzamos bailarinas y caminamos. Caminemos, 9500 km. Nos salpicamos pan con tomate al más puro estilo catalán y dejamos escapar un par de lágrimas. Entre esoterismos y magias me embaucaste con tu secreto que también fue mi secreto y que me hizo compartir el mío. Nuestros secretos.
Te regalo una sonrisa. Te regalo una sonrisa y dos sonrisas y mil y tres mil, para devolverte todas las que tu me has regalado, y espero poder decirte muy prontito, “caminemos” y que tu me respondas “caminemos si me regalas una sonrisa”.


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